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2 de agosto de 2010

Grandes de España







Hubiera querido escribir esta entrada hace una semana y lo cierto es que me lo estaba replanteando pero qué narices, para un año que probablemente no vayamos a revivir...







Comienzo por nuestros campeones de Sudáfrica. Hasta ahora la fortuna nos habia sido esquiva en los mundiales. Sobre nuestra espalda pesaba la maldición de cuartos, en varias ocasiones contra rivales teóricamente inferiores y en demasiadas con la suerte decidida en los malditos penalties. Puede que suene prepotente pero lo digo tal como lo siento: el pasado once de julio el fútbol saldó una deuda que tenía pendiente desde hace mucho tiempo.
















Dani Pedrosa y Jorge Lorenzo son aún dos chavales que viéndolos pilotar parecería que ya hubiesen llegado a este mundo montados sobre dos ruedas. He de reconocer que no soy entusiasta de las motos. Quizá porque muchos de los que me he cruzado por la carretera, seguramente minoría, se creen que están en Laguna Seca caracoleando en el mítico sacacorchos. Sé que también hay muchos automovilistas -demasiados- que se comportan como si el código de circulación no fuera con ellos.

Como también sé que será difícil que me haga motero si no me monto sobre una de estas máquinas y, la verdad es que no se puede decir de este agua no beberé, o en versión más burda de un buen amigo, este cura no es mi padre. Además me da envidia el ritual de saludarse cuando se cruzan por la carretera. De hecho, me gustaría viajar algún día en moto sólo por eso.











No sé que más se puede decir de Rafa y de los Gasol. Competidores de pura raza, los mejores en su especialidad y aún mejores personas. Todos ellos junto a la selección española de baloncesto son los mayores culpables de que nuestro deporte esté viviendo su Edad de Oro.












Alberto, nos has hecho saltarnos más de una siesta y sufrir más de la cuenta en la última contrarreloj de este Tour de Francia. Ojalá sigas los pasos del gran Indurain.









A los chicos y chicas del atletismo, gimnasia rítmica, waterpolo... Gracias por tantas tardes de gloria. Por último un recuerdo especial a nuestros chavales de la Sub-19. Para perder una final primero hay que llegar y luego jugarla. Ahora el mundial os aguarda. Con esta cantera tenemos fútbol español para rato, aquí o fuera.


11 de enero de 2010

Ignatius J. Reilly




Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él.


Johnathan Swift



Ignatius Reilly es el personaje central de la novela La conjura de los necios. No es fácil de definir. En la contraportada lo compara con nuestro inmortal don Quijote. A mí me parece más bien un illuminati contemporáneo bastante pasado de tuerca, con cierta tendencia a la hipocondría principalmente debido a su píloro o como él llama, su válvula que parece tener vida propia y conducirle a problemas de aerofagia ante cualquier situación de estrés, como un viaje traumático en autobús a la ciudad.


Para colmo la madre de Ignatius empina el codo con frecuencia. Una tarde tras un conato de detención de Ignatius por la policía deciden tomarse algo en La noche de alegría, un antro que en realidad es un burdel. A su madre se le va la mano con las copas y produce cuantiosos destrozos con el coche en un edificio por lo que tendrá que idemnizar al dueño lo que obliga a Ignatius a trabajar para ayudarle a pagar el siniestro.


Normalmente vive sumido en la soledad de su habitación, escribiendo sus particulares reflexiones en cuadernos Gran Jefe que desperdiga por el suelo, esperando un día completar su gran obra. Sólo sale prácticamente para satisfacer su cinefilia, pero en realidad se pasa las sesiones despotricando en las escenas que no le agradan y de paso chafando la película al resto de espectadores.


En su primer trabajo se le ecomienda el archivo de la documentación de los clientes de una fábrica de pantalones. Gran parte de ella acaba en la basura y se permite escribir una ofensiva carta a uno de los más importantes, metiendo en un buen lío al propietario, el señor Levy. En una ocasión intenta arengar a los empleados, que son negros, para que se rebelen contra el régimen de esclavitud de la empresa.


Después Ignatius recorrerá las calles vendiendo perritos calientes montado en una bicicleta disfrazado de una especie de pirata. Entónces tiene la ocurrencia de fundar el partido de la paz y convoca un gran acto multitudinario en el que asiste vestido con una gran túnica blanca a dar un meeting para captar afiliados en lo que en realidad resulta ser una gran fiesta gay de disfraces.


Finalmente los amigos de su madre logran convencerla para que le ingresen en un psiquiátrico. El diálogo de la señora Reilly y su hijo es memorable:


-No tendrás que preocuparte del señor Levy, hijo. Yo lo arreglaré todo. Recuerda que tu pobre mamá pensó siempre en tu bienestar.


-Eso es lo que me da miedo.



El caso es que al leer el libro este Ignatius me recordaba a alguien muy cercano.



29 de junio de 2009

Genios y desdichados



Parece que se repite la historia. Michael Jackson ha muerto en circunstancias confusas y bastante lamentables según afirman algunos testigos. Su vida no ha estado exenta de polémicas. Sus finanzas no pasaban por su mejor momento, al tener que vender algunos de los derechos de las canciones de los Beatles para hacer frente a sus deudas. El rey del Pop hizo suya una de las máximas rockeras: "Vive a tope y tendrás un bonito cadaver", aunque al parecer no fue ese su caso.


Unos cuantos siglos antes en la vieja Europa, otro niño-prodigio de apellido Mozart, tuvo una dura infancia a pesar de despertar la admiración en las Cortes de toda Europa. Soportó las envidias de algunos colegas y una durísima formación de su padre y mentor, como les ocurrió a Michael y sus hermanos en los Jackson's Five. En realidad sus problemas no fueron muy diferentes de otros niños superdotados. Una curiosidad sobre Wolfgang: a los catorce años pirateó de memoria el Miserere de Gregorio Allegri, cuya partitura era secreta y que sólo podía interpretarse en la Capilla Sixtina. Su publicación estaba prohibida bajo pena de excomunión. Por suerte para Mozart -hijo y padre- la SGAE de Teddy Bautista aún no se había fundado y la multa que les habría caído no sería pecata minuta.

No menos dura fue la infancia de Beethoven. Al parecer su padre le sacaba en plena noche de la cama para amenizar las visitas y presumir de hijo-prodigio. Su vida amorosa fue bastante turbulenta, y para su desgracia el flirteo entre plebeyos y nobles no estaba bien visto en su época... Qué distinto hubiera sido de haber nacido algunos siglos después. Por si fuera poco la sordera no le impidió componer la Novena. Durante sus últimos años su salud fue bastante precaria y aunque no tanto como Mozart, también padeció estrecheces económicas.

Otro genio desgraciado fue Vincent Van Gogh, a cuyos fracasos amorosos se unieron los trastornos psíquicos le llevaron a un intento de suicidio, del que resultó muerto dos días más tarde. Otros ejemplos de talento y vida desgraciada fueron Hemmingway o Larra.

Todos ellos, a pesar de haber sido dotados de un don especial no fueron igualmente recompensados en vida, y algunos no reconocidos hasta después de muertos. Nosotros podremos disfrutar de su legado.
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